viernes, 18 de septiembre de 2026

 

HORAS EXTRAS


A las nueve de la noche, cuando apagaron las luces de la planta, él levantó la mano desde su despacho.

—Yo me quedo.

La limpiadora ya conocía la frase. La escuchaba casi todos los días.

—Algún día tendrá que irse a casa, don Emilio.

—Tengo mucho trabajo.

Ella no insistía. Vaciaba la papelera, pasaba un paño por la mesa y dejaba intactos aquellos montones de documentos que parecían justificar una vida entera.

Emilio llegaba el primero y se marchaba el último. Contestaba correos a horas en que nadie esperaba respuesta, convocaba reuniones innecesarias, corregía informes ya corregidos y pedía estadísticas que luego no leía.

En la empresa lo admiraban.

—Ese hombre vive para el trabajo.

Y era verdad, aunque no exactamente como ellos pensaban.

A las diez y cuarto cerró el ordenador.

No porque hubiese terminado.

Nunca terminaba.

Bajó al aparcamiento despacio. Entró en el coche, puso las manos sobre el volante y permaneció allí unos minutos sin arrancar.

En casa no le esperaba nadie.

Su mujer se había marchado hacía tres años. Los hijos llamaban algún domingo, cuando se acordaban o cuando necesitaban algo. Los amigos habían ido desapareciendo víctimas del matrimonio, la distancia, la pereza o simplemente del tiempo. Ni siquiera tenía perro porque decía que un animal exigía demasiada dedicación.

Miró el reloj.

Las diez y veintisiete.

Demasiado pronto para acostarse.

Pensó entonces en aquel informe de ventas que había dejado sobre la mesa.

Podía revisarlo otra vez.

Encendió el motor, salió del aparcamiento, dio la vuelta a la manzana y regresó a la oficina.

La limpiadora lo vio entrar.

—¿Se ha olvidado algo?

Emilio sonrió.

—Sí. Tengo trabajo pendiente.

Y ella comprendió que no era cierto.

Porque algunos trabajan para ganarse la vida.

Y otros para no tener que vivirla.

«Sé humano con los demás; sé ciudadano entre tus conciudadanos.» (Kondrati Fiódorovich Ryléyev nacido el 18 de setiembre de 1795 para ser poeta, revolucionario decembrista -ruso, por supuesto- y ciudadano como ninguno)

Kerry Livgren cumple hoy 77 años. Arregla y toca las teclas en la banda Kansas que, de vez en cuando le echaba un pulso al viento o polvo al viento según se traduzca. 

L’Inventari

Quan va morir, els fills van repartir-se la casa.

Un es va quedar els quadres. L’altra, els llibres. Els nets discutiren pel rellotge antic. Ningú volia la roba.

Al fons d’un calaix trobaren una llibreta amb una sola frase:

«He treballat tota la vida per tenir coses que vosaltres discutireu durant una tarda.»

Van callar.

Després continuaren discutint.

Quan marxaren, una finestra havia quedat oberta. El vent entrà al menjador, aixecà una fotografia familiar i la deixà caure a terra.

Cap d’ells ho va veure.

Ja eren al notari.


jueves, 17 de septiembre de 2026

 

AVENTUREROS


—He tenido una aventura.

No hace falta añadir mucho más. Si alguien pronuncia esa frase en una comida familiar, las conversaciones se detienen, las cucharas quedan suspendidas entre el plato y la boca y siempre hay alguien que pregunta:

—¿Con quién?

Nunca:

—¿En qué país?

Porque hemos decidido que una aventura, cuando uno alcanza determinada edad, ya no consiste en atravesar el Amazonas, escalar el Everest o perderse tres meses por el sudeste asiático con una mochila. Una aventura consiste, básicamente, en acostarse con alguien que no es la persona con la que uno acostumbra a despertarse.

Curioso.

He buscado la palabra en el diccionario de la Real Academia Española y una de sus acepciones dice: «Empresa de resultado incierto o que presenta riesgos».

Y entonces lo comprendí.

Llevamos siglos utilizando mal la palabra.

Una aventura no es echar una cana al aire una noche de viernes. Eso, comparado con determinadas relaciones de pareja, es turismo organizado.

La auténtica aventura empieza cuando dos personas se miran un día y deciden vivir juntas.

Ahí sí hay riesgo.

Dos individuos criados por padres distintos, con manías distintas, horarios distintos, formas diferentes de apretar el tubo de pasta de dientes y conceptos incompatibles sobre la temperatura adecuada del aire acondicionado deciden compartir casa, cama, cuenta corriente y, en ocasiones, descendencia.

Hay que tener valor.

Al principio todo resulta sencillo. Uno descubre las pequeñas costumbres del otro y hasta le parecen adorables.

—Qué gracioso, siempre dejas los calcetines ahí.

Diez años después:

—Como vuelvas a dejar los putos calcetines ahí, te juro que…

El amor también consiste en observar cómo determinados diminutivos envejecen mal.

Después llegan las hipotecas, los niños, los suegros, las vacaciones —gran prueba anual de resistencia matrimonial—, las reformas del cuarto de baño, las enfermedades, las facturas, alguna traición pequeña, algún silencio demasiado largo y esa pregunta que un día aparece sin avisar:

«¿Seguimos queriéndonos o simplemente sabemos dónde guardamos los medicamentos?».

Y, sin embargo, algunos continúan.

No porque todos los días sean felices.

Eso sería agotador.

Continúan porque entre una discusión y otra todavía se ríen. Porque uno sabe cómo le gusta el té al otro. Porque cuando llegan malas noticias ya no hace falta preguntar a quién llamar primero. Porque conocen sus cicatrices, sus defectos, sus cobardías y hasta aquello que jamás contarían en una primera cita.

Y siguen allí.

Eso sí que tiene mérito.

En estos tiempos preferimos relaciones con derecho de desistimiento. Si algo no funciona, se devuelve. Si alguien incomoda, se bloquea. Si surge una dificultad, deslizamos el dedo hacia la izquierda por si aparece una persona más compatible.

Nos hemos vuelto prudentes en el amor.

Y probablemente demasiado consumidores.

Por eso quizá escaseen las parejas duraderas. No necesariamente porque amemos menos, sino porque cada vez estamos menos dispuestos a asumir aquello que, según la Real Academia, caracteriza cualquier aventura digna de ese nombre:

un resultado incierto y algunos riesgos.

Así que la próxima vez que alguien me diga:

—Tengo una aventura.

Le preguntaré:

—¿Te has enamorado?

Y si me responde:

—No. Nos hemos ido a vivir juntos.

Entonces sí.

Entonces le desearé suerte.

Porque acabará de empezar la auténtica aventura.

«Lo decisivo no es estar, aquí o allá, sino cómo se está.» (Adolfo Sánchez Vázquez nacido en Algeciras el 17 de setiembre de 1915. Este filósofo se exilió a México en 1939 ya deberéis saber el porqué; allí se quedó hasta su traspaso al otro lado en 2011. También lo poco que he dicho de él os aclarará el sentido de su frase)

Hoy he aprovechado que es el 51 cumpleaños de Álavaro Fuentes músico de La Oreja de Van Gogh, para colocar una canción, Rosas, que me produce una tierna nostalgia que no se explicar... o a lo mejor no quiero.

Les flors que no vas portar

Cada divendres comprava dotze roses.

La florista creia que tenia amant. Les veïnes, que celebrava alguna cosa. Ell no explicava res.

En arribar a casa, les deixava dins el gerro que ella havia oblidat en marxar.

—Tornaràs —deia, com si les paraules poguessin obrir portes.

Van passar mesos. Després anys.

Un divendres no va comprar-ne.

Va tornar a casa amb les mans buides, va agafar el gerro i el va guardar a l’armari.

Aquella nit, per primera vegada, va dormir sense esperar el timbre.

L’endemà van trucar.

Ella portava roses.


miércoles, 16 de septiembre de 2026

                                             FACHAS DE TODOS LOS COLORES

Tengo un problema con los fachas.

Con todos.

Con el de derechas ya sé más o menos a qué atenerme. A veces hasta viene etiquetado de fábrica. Bandera, patria, orden, mano dura y esa sospechosa afición a decidir cómo deberían vivir los demás para que el mundo funcione como Dios manda. Dios, además, suele mandar exactamente lo mismo que él.

Pero luego está el otro.

Ese me desconcierta más.

El que se considera progresista, abierto, tolerante, defensor de todas las libertades conocidas y de algunas que todavía están en fase de proyecto, pero que en cuanto discrepas de él te mira como si hubieras confesado que estrangulas gatitos los domingos.

Porque una cosa es defender la libertad y otra bastante distinta aceptar que alguien la utilice para pensar diferente.

Ahí empieza el problema.

Hemos conseguido algo extraordinario: convertir la tolerancia en una virtud que exigimos siempre al contrario.

«Hay que respetar todas las opiniones».

Por supuesto.

Siempre que coincidan con la mía.

Y si no coinciden, entonces ya veremos si aquello es realmente una opinión o estamos ante fascismo, comunismo, machismo, wokismo, populismo, terrorismo, reaccionarismo o cualquiera de las palabras que tenemos preparadas en el cajón de las descalificaciones para ahorrarnos la desagradable tarea de escuchar.

Porque escuchar tiene un inconveniente terrible.

A veces obliga a pensar.

Y pensar comporta el riesgo de descubrir que el otro puede tener razón en alguna cosa.

Solo en alguna.

Tampoco exageremos.

Quizás deberíamos dejar de preguntarnos quién es de izquierdas y quién es de derechas y empezar a observar otra cosa mucho más sencilla: qué hacemos cuando alguien nos lleva la contraria.

Ahí aparecen muchas verdades.

El problema no empieza cuando alguien defiende una determinada política económica, una idea de nación, una forma de entender la igualdad o una determinada organización social. Todo eso se puede discutir.

El problema empieza cuando alguien decide que sus ideas no necesitan ser discutidas porque son moralmente superiores.

Cuando deja de querer convencerte y empieza a querer callarte.

Cuando considera que él no tiene adversarios, sino enemigos.

Cuando justifica en los suyos aquello que denuncia escandalizado en los otros.

Cuando una censura le parece intolerable si la practica el contrario y necesaria si la practica su bando.

Cuando la libertad de expresión resulta sagrada hasta que alguien expresa algo que le molesta.

Ese individuo puede levantarse por la mañana, mirarse al espejo y considerarse conservador, revolucionario, progresista, patriota, antisistema o defensor de la humanidad.

Me da igual.

Yo empiezo a desconfiar cuando alguien posee tantas certezas que ya no necesita escuchar.

Porque las ideas pueden ser de izquierdas o de derechas.

La intolerancia tiene menos escrúpulos.

Se pone cualquier camiseta.

Quizá por eso últimamente procuro no mirar tanto las etiquetas políticas de las personas.

Prefiero mirar qué hacen cuando alguien les dice:

—No estoy de acuerdo contigo.

Ahí, en los dos segundos siguientes, suele aparecer su verdadera ideología.

«El mundo gira, crea y se multiplica porque existe el amor.» (Víctor Jara cantautor chileno que sabía multiplicar. Tras el golpe de estado del 11 de setiembre de 1973 del general Augusto Pinochet fue detenido, trasladado al Estadio Chile, torturado y asesinado el 16 de septiembre de 1973. Años después, el recinto fue rebautizado como Estadio Víctor Jara. A los fascistas no les gustaba su música ni lo que decía la letra)

Bernie Calvert cumple hoy 84 años y le ha dado su música a la banda The Hollies ¡Menos mal porque nos presentó a esa mujer alta e irresistible de la cual nos enamoramos muchos!

El vestit negre

Va entrar quan ja ningú esperava res de la nit.

Alta, vestida de negre, caminava com si el bar fos seu. Jo també ho vaig pensar.

Va demanar whisky. Sense gel.

—No em miris tant —va dir.

—No et miro.

Va somriure. Ja sabia que mentia.

Mitja hora després sonaren sirenes. Dos policies entraren preguntant per una dona.

Ella em va besar, deixà un sobre a la barra i desaparegué per la porta del darrere.

Dins hi havia cinc mil pessetes i una nota:

«Per haver mirat cap a una altra banda.»

Encara avui no sé si parlava dels policies o d’ella.


martes, 15 de septiembre de 2026

 

EL PUENTE

El puente era pequeño.

Tan pequeño que, desde un extremo, podía verte la cara.

Habíamos llegado hasta allí juntos, como casi siempre. Durante años habíamos cruzado calles, ciudades, trabajos, amores, entierros, noches demasiado largas y alguna que otra decepción que entonces nos parecía definitiva.

Éramos amigos.

De esos que no necesitan explicarlo.

Pero aquel día ocurrió algo. Ya ni siquiera recuerdo qué.

Tal vez eso sea lo peor.

Recuerdo, en cambio, que tú te quedaste al otro lado.

—Ven —te dije.

No te moviste.

—Solo tienes que cruzar.

Me miraste durante unos segundos.

Esperé.

Había un hombre apoyado en la barandilla, una mujer empujando un cochecito y dos niños que corrían de un lado a otro como si veinte metros fueran una distancia ridícula.

Para ellos lo era.

Para nosotros, de pronto, no.

—¿Vienes? —pregunté otra vez.

Bajaste la mirada.

Yo tampoco crucé.

Luego cada uno regresó por donde había venido.

Después ocurrió lo que ocurre siempre cuando dos personas dejan que el orgullo administre el tiempo.

Primero pasaron unos días.

Luego semanas.

Más tarde aprendimos a vivir sin llamarnos.

Tuvimos nuevos amigos, nuevas obligaciones, nuevas vidas. Nos enterábamos el uno del otro por gente que todavía nos conocía a los dos.

—Lo vi ayer.

—Está bien.

—Preguntó por ti.

—Ah.

Ese «ah» fue creciendo durante años.

Hubo bodas.

Nacimientos.

Hospitales.

Muertos.

Días en los que seguramente necesitaste hablar conmigo.

Días en los que yo habría dado cualquier cosa por escucharte decir una de aquellas estupideces que antes me irritaban y ahora daría algo por volver a soportar.

Pero ninguno llamó.

Hace poco regresé a aquel lugar.

No sé por qué.

El puente continuaba allí.

Lo habían pintado.

Habían cambiado las farolas.

El río seguía pasando por debajo con esa indiferencia que tiene el agua hacia nuestros dramas.

Me apoyé en la barandilla.

En el otro extremo había un hombre.

Durante un instante, por la forma de caminar, pensé que eras tú.

El corazón cometió ese error antes que los ojos.

No eras tú.

Entonces comprendí que durante todos estos años había pensado que algún día volveríamos a encontrarnos.

Que habría tiempo.

Que cruzaríamos finalmente aquellos veinte metros.

Saqué el teléfono.

Busqué tu nombre.

Seguía allí.

Tardé unos segundos en recordar que ya no podía llamarte.

Habías muerto hacía tres meses.

Guardé el teléfono y miré el otro extremo del puente.

Veinte metros.

Eso fue todo.

Veinte metros que ninguno de los dos quiso recorrer cuando todavía podíamos.

«El hombre es un ser moral, porque es un ser eminentemente libre.» (Nicomedes Pastor Díaz y Corbelle Nacido el 15 de setiembre de 1811 es el autor de la frase. Tiene razón: no hay moral para un ser que tiene ataduras. Y algun@s que están en lo más alto son l@s menos libres)

Barry McGuire convirtió "la víspera de la destrucción" en una de las canciones más escuchadas de setiembre de 1965... aunque se equivocase en sus apreciaciones.


Demà, si encara hi som.

A la televisió, els homes importants discutien sobre qui dispararia primer.

Ell va apagar-la.

—Què fem?

Ella va mirar per la finestra. Al carrer, un nen perseguia una pilota, una dona estenia la roba i un vell regava unes plantes com si el món tingués contracte indefinit.

—Podríem fugir.

—On?

No van trobar cap lloc fora del planeta.

Aleshores ella va obrir una ampolla de vi que guardaven per a una ocasió especial.

Van brindar.

—Per demà.

Ell va somriure.


lunes, 14 de septiembre de 2026

 

DIEZ AÑOS

Esta semana he leído que nos quedan menos de diez años.

No para jubilarnos, terminar de pagar la hipoteca, aprender inglés de una vez o hacer ese viaje que vamos aplazando porque siempre encontramos una excusa razonable. No. Para extinguirnos.

La inteligencia artificial podría acabar con nosotros antes de que termine esta década.

Dicho así, reconozco que impresiona.

Aunque conviene empezar poniendo las palabras en su sitio, porque todavía son una de las pocas cosas que controlamos. Nadie ha demostrado que la inteligencia artificial vaya a exterminar a la humanidad. Ni siquiera existe consenso entre los expertos. Lo que algunos investigadores están diciendo es algo distinto y, a mi juicio, suficientemente preocupante sin necesidad de exagerarlo: que existe una posibilidad no despreciable de que sistemas mucho más inteligentes que nosotros lleguen a escapar de nuestro control. Evan Hubinger, investigador de Anthropic especializado precisamente en alineamiento, ha situado personalmente ese riesgo por encima del 10 % durante la próxima década. Geoffrey Hinton, uno de los padres de la inteligencia artificial moderna, considera que semejante porcentaje no es absurdo.

Un diez por ciento.

Si alguien me dijera que el avión que estoy a punto de coger tiene un diez por ciento de posibilidades de estrellarse, puedo asegurar que perdería el vuelo. Y probablemente también las vacaciones.

Pero con la inteligencia artificial seguimos embarcando.

Y deprisa.

Lo verdaderamente inquietante de las noticias de estos últimos días no son las profecías. Profetas del fin del mundo hemos tenido siempre y, por suerte para ellos, ninguno suele vivir lo suficiente para responder por sus errores. Lo inquietante es quiénes están haciendo las advertencias.

Jacob Coxon dejó esta semana Anthropic después de haber trabajado también en OpenAI. Su acusación resulta difícil de ignorar: sostiene que las grandes compañías están compitiendo por alcanzar sistemas superinteligentes y auto mejorables sin disponer todavía de una solución clara para controlarlos. Otros investigadores de la propia Anthropic respaldaron públicamente una parte sustancial de sus temores.

Y entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Los fabricantes comenzaron a pedir prudencia.

Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, acaba de reclamar que se reduzca el ritmo al que aumentamos las capacidades de estos modelos para permitir que los mecanismos de seguridad puedan alcanzarlos. Su propuesta incluye evaluadores externos, coordinación entre empresas y acuerdos internacionales. Sam Altman se ha mostrado también favorable a frenar cuando la seguridad no pueda garantizarse.

Es una situación bastante peculiar.

Imaginemos que el fabricante de nuestro coche nos llama una mañana:

—El vehículo que le vendimos es extraordinario. Cada semana corre más, consume menos y dentro de poco probablemente conducirá mejor que usted.

—Fantástico.

—Sí. Solo hay un pequeño problema.

—¿Cuál?

—Que quizá llegue un momento en que no podamos detenerlo.

Supongo que nuestra siguiente pregunta no sería cuándo sale el nuevo modelo.

Sin embargo, con la inteligencia artificial parece que sí.

Quizá porque la palabra «extinción» nos queda demasiado grande. Podemos preocuparnos por una hipoteca, una enfermedad, una guerra o el recibo de la luz porque tienen tamaño humano. La desaparición de nuestra especie pertenece al territorio de las películas. Es difícil imaginar el martes siguiente al fin del mundo.

También existen voces solventes que consideran exageradas estas advertencias. La investigadora Timnit Gebru, por ejemplo, sostiene que obsesionarnos con una hipotética superinteligencia exterminadora puede distraernos de problemas mucho más presentes: sistemas utilizados en guerras, vigilancia, precarización laboral, discriminación, concentración de poder o desinformación.

Y probablemente también tenga razón.

Tal vez el error esté en obligarnos a escoger entre ambas preocupaciones.

No necesito creer que una máquina despertará una mañana de mal humor y decidirá eliminarnos. Esa versión siempre me ha parecido demasiado cinematográfica.

Me preocupa algo bastante más humano.

Que vayamos entregándole decisiones.

Primero las pequeñas porque resulta cómoda. Después las importantes porque resulta eficiente. Finalmente las irreversibles porque, para entonces, nos habremos acostumbrado.

La inteligencia artificial no necesita odiarnos para ser peligrosa. Una calculadora tampoco nos odia cuando nos comunica que estamos arruinados. Simplemente calcula.

Y quizá ahí esté precisamente la diferencia.

Nosotros dudamos.

Tenemos miedo. Nos equivocamos. Desobedecemos. A veces apretamos un botón cuando no deberíamos y otras, afortunadamente, retiramos el dedo cuando todos los cálculos aconsejan pulsarlo.

Durante siglos hemos considerado la duda una debilidad humana.

Tal vez descubramos que era un mecanismo de seguridad.

No sé si la inteligencia artificial acabará con nosotros dentro de diez años. Probablemente nadie lo sepa. Pero cuando algunos de los hombres y mujeres que mejor conocen una tecnología empiezan a advertir que existe una posibilidad razonable de perder su control, la respuesta adulta no debería ser reírse del apocalipsis ni anunciarlo para conseguir clics.

Debería ser algo mucho más sencillo.

Preguntar dónde está el freno.

Y comprobar, antes de seguir acelerando, que todavía somos nosotros quienes podemos pisarlo.

«El nacionalismo conduce al totalitarismo, y el totalitarismo conduce a la idolatría.» (Robert Cecil nació el 14 de setiembre de 1864 para ser premio Nobel de la Paz en 1937, dos años antes de estallar la II Guerra Mundial provocada por el ascenso de un nacionalista extremo y la inoperancia del sistema que no supo contrarestarlo)

¡Que noche la de aquél día! cantaban The Beatles allá por setiembre de 1964 y, por lo que parece, con bastante tino y soltura. Ni que decir tiene que estaba entre las canciones más escuchadas en el mundo en ese mes.


Quan tornis

Arribava cada nit quan els nens ja dormien.

Ella deixava el sopar tapat i una nota damunt la taula:

—T’he esperat.

Ell treballava dotze hores per pagar aquella casa, però començava a sospitar que, mentre pagava les parets, perdia tot el que hi havia dins.

Un divendres va sortir abans.

Va comprar flors, va córrer escales amunt i va obrir la porta somrient.

No hi havia ningú.

Damunt la taula, una última nota:

—Avui he deixat d’esperar-te.

Ell va mirar el rellotge.

Per primera vegada havia arribat d’hora.

Massa tard.